Siempre he gustado de andar en dos ruedas, y la bicicleta
fue una de mis primeras pasiones. Es así como comenzó el amor por las motos. De chico siempre admiré a mi tío porque manejaba motocicleta.
Los fines de semana, a veces él iba por mí para darme una vuelta.
Mi tío siempre avisaba a mi madre cuánto tiempo tardaríamos,
pero hubo una ocasión donde nos tardamos mucho más. Esa vez tardaríamos, ya que
se nos ponchó una llanta y llovió. Mi madre se preocupó bastante, porque una caída en moto es muy riesgosa.
En diciembre del 2004 recibí 25 mil pesos de una caja de ahorro que mi madre administraba. La había esperado con ansias. Con este dinero compraría mi primer moto.
El día viernes de la primera semana de enero mi tío me acompañó a
comprarla. Cuando llegamos a la tienda, sentía muchos nervios porque yo
aún no sabía manejar moto estándar. Hablamos con el vendedor, que gustoso nos
atendía porque haríamos la compra. El técnico del establecimiento la tuvo lista
en 20 minutos.
Era una moto con motor 150cc de tipo deportiva, la cual se
convertiría en la mejor acompañante de todas mis nuevas aventuras. No era la
gran moto pero para ser la primera, sería muy adecuada.
Ya de regreso mi tío fue quien la estrenó porque yo volví
manejando el coche en el que llegamos al establecimiento de motos.
En casa le dije que me enseñara a meter los cambios de la
moto estándar. El me enseñó después de la comida. Eran las siete de la noche y la emoción no cabía en mí, y en cuestión de 20 minutos ya estaba dando
vueltas por mi colonia.
Me la pasé casi toda la tarde dando vueltas por lugares que
conocía, hasta que se me terminó la gasolina y tuve que volver empujando la
moto. La gasolina se me terminó porque olvidé que solo le ponen poca para
probarla.
Por lo tanto creo que la adrenalina y la emoción a veces te
hacen olvidar cosas básicas del uso de los vehículos. Creo que es fascinante
sentir el poder de una máquina que te desplaza con mayor libertad. Y desde ese
momento declaré: “No me bajaré de la moto a menos que me case o me muera”.
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